martes, 15 de noviembre de 2011

Informe sobre niños palestinos menores de 18 años presos en cárceles israelíes


Una de las numerosas incógnitas del pacto entre Hamás-Netanyahu recayó en los niños. Al igual que sucedió con las mujeres, el trato afirmaba que todos los menores serían liberados a pesar de que no se especificaba si serían menores de dieciséis o dieciocho años. La problemática del acuerdo se extiende en todas sus vertientes a que no existe un documento oficial en el que queden definidos los tratados e Israel, por su parte, no se ha comprometido en ningún momento a fijar una fecha concreta para liberarlos.

De los 477 liberados el pasado mes, el más joven de la lista es una mujer llamada Kraja Samud nacida en 1988. Kraja tiene veintitrés años y fue arrestada el veinticinco de octubre de 2009 acusada de apuñalar a un militar con una lima de uñas mientras se defendía de éste en Qalandya. Hecho que la sentenció a veinte años de cárcel por intento de asesinato.

Según el último informe publicado por Addameer, hay aproximadamente 176 niños encarcelados, de los cuales treinta y uno son menores de dieciséis años. A pesar de que la ONU dictaminó en la Convención de los Derechos de los Niños que cualquier persona menor de 18 años ha de ser  considerada como un niño, los menores palestinos son tratados como adultos por la regulación militar israelí a la edad de 16 años. Incluso, ha habido casos en los que menores de entre 12 y 14 años han sido condenados por la corte militar.
Los menores palestinos sufren violaciones de sus derechos en todos los apartados que establecen el proceso contra ellos. Desde el primer momento por cómo se les detiene, pasando por el interrogatorio y la detención hasta llegar finalmente a una sentencia y su posterior liberación. Los niños son sacados de sus casas a altas horas de la madrugada o detenidos mientras regresan de la escuela y no se les permite a los padres o a ningún familiar acompañarlos. Durante el interrogatorio en el que tampoco está presente alguno de sus familiares más cercanos, los niños son torturados a través del uso de la violencia física y verbal. Según el informe “No Minor Matter” realizado por B'tselem, organización israelí en pro de la defensa de los derechos humanos en los Territorios Ocupados Palestinos, señala que los niños interrogados reciben violentas bofetadas, patadas, golpes y presiones en diversas partes de su cuerpo durante dichas sesiones.
Uno de los casos más recientes se localiza en Silwan, un barrio de Jerusalén este donde la tensión entre colonos y palestinos es palpable. Al menos 81 menores de la zona han sido arrestados entre noviembre de 2009 y octubre de 2010 sospechosos de lanzar piedras. Los niños, que en su mayoría no alcanzaban la edad mínima para ser acusados por la vía penal, fueron arrestados en mitad de la noche, interrogados sin la presencia de alguno de sus familiares directos y tratados de forma muy violenta.

Conforme la ley israelí solo los profesionales capacitados para interrogar a jóvenes pueden interrogar a menores. Uno de los padres debe estar siempre presente y dicha sesiones no se pueden llevar a cabo desde las ocho de la tarde hasta las siete de la mañana en el caso de niños de entre 12 y 13 años ni desde las diez de la noche hasta las siete de la mañana si son jóvenes de entre 14 y 17 años. Desafortunadamente, la legislación militar no contempla ninguna disposición referente a estos asuntos y actúa con total impunidad.
La misma legislación permite al juez imponer una pena máxima de prisión de seis meses a los menores de 12 y 13, y hasta un año en los menores de 14 y 15, excepto por delitos cuya pena es mayor a cinco años de prisión. La pena máxima se determina en función de la edad del delincuente en el momento de la sentencia, pero la edad del delincuente en el momento de cometer el delito debe ser tenida en cuenta en la sentencia también.
No existe un lugar específico para ellos en donde cumplir su condena y pueden llegar a compartir celda con otros veinte prisioneros mayores de edad. Además de contar con una alimentación muy pobre durante su estancia entre rejas. Los niños entrevistados por B'tselem describen con las palabras asco y aburrimiento su vida en prisión. 
Tal y como sucede con el resto de presos palestinos, los menores tienen prohibido usar el teléfono, no tienen acceso a casi ningún tipo de educación y su único contacto con el exterior son las visitas familiares. Igual de escasas que en el caso de los prisioneros adultos.

Informe sobre mujeres prisioneras palestinas

Son madres, hermanas, hijas o esposas de la ocupación y aunque sean minoría en las cárceles israelíes están llenas de fuerza para decirle al mundo que son capaces de luchar por sus derechos y la libertad de su pueblo con la misma intensidad que sus padres, hermanos, hijos o esposos.

La primera duda del pacto entre Hamas-Netanyahu salió pronto a la luz. A pesar de que el  acuerdo contemplaba la liberación de todas las presas políticas, sin excepción, y  los medios se hacían eco de la noticia mientras encabezan titulares con género femenino la realidad es muy distinta. Nueve reclusas se quedaron fuera de la lista y todavía continúan en prisión semanas después de la liberación de la primera tanda de prisioneros.  

Cinco de ellas, Muna Qa’dan, Bushra al-Taweel, Haniya Naser, Fida Abu Sanina and Rania Abu Sabeh, detenidas entre junio y septiembre del presente año permanecían en el periodo de interrogatorio -Según la regulación militar israelí dicho periodo puede durar hasta 180 días sin haber presentado cargos en contra del acusado- durante la liberación de los 477 presos palestinos el pasado 18 de Octubre.

De las cuatro prisioneras restantes, Lina Jarbuni posee la sentencia más extensa. Fue arrestada en abril de 2002 y cumple diecisiete años de cárcel acusada de ayudar a una célula de Hamás en Jenin. Le sigue Wurud Qassem condenada a seis años por apoyar a la resistencia a través del transporte de material explosivo desde Cisjordania hasta Ra´nana. Y cierran la lista de prisioneras no liberadas  Khadija Habash y Suad an-Nazzal con condenas de tres y dos años respectivamente.

A pesar de que durante la Declaración de Viena sobre Crimen y Justicia en el año 2000 se aceptó por unanimidad que las mujeres prisioneras necesitaban especial atención por parte de las Naciones Unidas, entidades gubernamentales y profesionales de diversa índole; las prisioneras palestinas sufren en las cárceles israelís abusos, humillaciones y continuas violaciones de los derechos humanos.

Existen dos cárceles para mujeres en Israel: La prisión de Hasharon y la de Damon, ambas se transformaron en cárceles en 1953. La primera se encuentra en Tel Aviv y dispone las secciones 11 y 12 para las mujeres, el área 13 está reservada para las prisioneras aisladas. En junio de 2008 todas las reclusas de la zona 11 fueron trasladadas a Damon.  Damon es una antigua fábrica de tabaco junto con un establo situada al norte de Israel, cerca de las inmediaciones de Haifa. Debido a su uso inicial, las instalaciones fueron diseñadas específicamente para mantener la humedad y nunca para dar cabida a seres humanos. 

En ellas se comenten repetidas violaciones contra los derechos básicos de las prisioneras palestinas. Una de las más destacables y denunciadas en innumerables ocasiones por Addameer -organización palestina que defiende los derechos de los prisioneros- es la falta de atención médica. Sus informes trimestrales y las numerosas entrevistas realizadas con prisioneras destacan que en ninguna de las dos cárceles existe atención médica las veinticuatro horas del día. El doctor -que en ningún caso habla árabe- termina su turno a las cuatro de la tarde y sólo se queda la enfermera para recetar pastillas contra el dolor. Si las reclusas necesitan un especialista, necesitan un permiso oficial por parte del médico que sólo llega cuando la enfermedad ha alcanzado límites muy graves. Si esto sucede, las mujeres reciben el tratamiento en el hospital atadas de pies y manos por lo que muchas de ellas después de dicha experiencia declinan una posterior atención médica.

Las revisiones ginecológicas son escasas y en la mayoría de los casos nulas,  llevadas a cabo por un especialista varón, a pesar de que las visitas al ginecólogo y la elección del género del médico durante la estancia en prisión son un derecho y una norma en Israel. La situación se complica si las reclusas están embarazadas debido a que no reciben una atención especial y en su totalidad sufren de desnutrición, lo que acarrea graves problemas para el feto. Al igual que sucede con las prisioneras que necesitan atención hospitalaria, las reclusas palestinas que están a punto de dar a luz son llevadas al hospital encadenadas de pies y manos y una vez que finaliza el parto inmediatamente se las vuelve a encadenar violando así, una vez más, sus derechos.

Además de una atención médica deficitaria, las reclusas viven aisladas. Las visitas de sus familiares son el único enlace que las mantiene unidas al mundo exterior y en la mayoría de los casos dichos encuentros son contados o incluso eliminados totalmente. A pesar de que la ONU refleja dentro del apartado de Reglas Mínimas para el Tratamiento de los Prisioneros en el artículo 17 que a los prisioneros se les ha de permitir, bajo supervisión, comunicarse con sus familiares y amigos más cercanos a través de correspondencia y visitas regulares.

Los familiares de las prisioneras palestinas no pueden visitarlas libremente, y necesitan un permiso específico por parte de la autoridad penitenciaria que casi nunca se consigue y es prácticamente imposible para hombres en edades comprendidas entre los dieciséis y cuarenta y cinco años. A su vez, cualquier palestino que haya sido arrestado por Israel tiene terminantemente prohibido visitar a algún familiar en la cárcel. Si tenemos en cuenta que desde 1967 se han arrestado a 700.000 palestinos la cifra nos muestra que al menos el treinta por ciento de la familia de una reclusa tiene prohibidas las visitas.  

Si el encuentro tiene lugar, todo sucede en un entorno traumático y violento para ambas partes. Las visitas también son tratadas como criminales. Se les grita, se les hace una inspección exhaustiva de sus pertenencias y se les obliga a esperar durante varias horas fuera de la prisión -sin contar el viaje que han realizado desde su lugar natal en el Territorio Ocupado Palestino hasta la cárcel que suele estimarse en unas catorce o diecisiete horas de trayecto-. El contacto físico solo está permitido entre madres e hijos menores de seis años. En el resto de los casos, los encuentros que no duran más de cuarenta y cinco minutos son a través de un cristal y un teléfono estropeado, por el cual ambos interlocutores han de gritarse para poder oírse.

La educación también es utilizada como un arma de castigo dentro de las prisiones. Según dicta la UNESCO, todos los prisioneros tienen derecho a formar parte de actividades culturales y a recibir una educación con el fin de desarrollar su intelecto. Las administraciones de ambas prisiones obvian dicho artículo y limitan el acceso en este ámbito. La educación universitaria es un privilegio y está sujeta a criterios tan variados como una buena conducta por parte de la reclusa, que ésta posea el dinero suficiente para pagar las tasas de la universidad, que la elección de la carrera y las asignaturas estén dentro de las enseñanzas permitidas por las autoridades penitenciarias israelíes-carreras como medicina, física o química están terminantemente prohibidas- y que el nivel de hebreo sea lo suficiente bueno debido ya que el único tipo de enseñanza universitaria permitido se realiza a través de la correspondencia en hebreo con la Universidad Abierta de Israel. Además, la penitenciaría se reserva el derecho a cancelar y revocar dicho derecho de estudio en cualquier momento basándose en razones de seguridad.

La prensa y la televisión están también controladas. Los televisores que hay en las prisiones han sido cedidos por alguna organización no gubernamental o por familiares de las prisioneras. A pesar de esto, los funcionarios de la prisión eligen la programación y el resultado se traduce en cadenas israelís en hebreo o ruso, a pesar de que existen cinco canales satélites en árabe. Lo mismo sucede con la prensa, se reparten diariamente dos diarios en hebreo, Maariv y Yediot Aharonot, y sólo una vez por semana las presas pueden leer la prensa árabe gracias al reparto de Al-Quds. 


La situación de las cárceles israelís es insostenible y el trato dado a las reclusas palestinas es inaceptable. La falta de atención sanitaria, educación y contacto con sus familiares no solo convierte a la penitenciaría en un lugar hostil donde no sólo se violan los derechos humanos constantemente durante la condena de las prisioneras, sino que también se dificulta enormemente la posibilidad de reinserción social de dichas mujeres.

martes, 8 de noviembre de 2011

El ejército israelí hiere a nueve niños durante una protesta pacífica en Hebrón

Durante los últimos siete años, las profesoras que imparten clase en la escuela Qurtuba de Hebrón han estado autorizadas para eludir el paso por los detectores de metales del Checkpoint 56, gracias a un acuerdo entre el ministerio de Educación palestino y el ejército israelí. Esto significaba que las maestras podían acceder a la escuela sin demasiados obstáculos y de forma puntual, garantizándose así el derecho de los niños a recibir una educación de calidad.


La escuela se alza sobre una colina en pleno centro de Hebrón, rodeada por los asentamientos de Hadassah Beit, Tel Rumeida y Admot Yishai, los cuales a su vez están constituidos por varios edificios y un puñado de viviendas de familias colonas. Frente a la puerta de entrada del colegio diversos graffitis enuncian lemas tan sutiles como “Gasea a los árabes”.


Sin motivo aparente, el día 11 de octubre el ejército israelí anunció que la permisión que consentía a las profesoras cruzar el Checkpoint sin controles era suspendida de forma inmediata y que, desde ese momento, éstas estaban obligadas a pasar por el detector de metales y presentar sus bolsos a inspección a diario, poniendo en riesgo la llegada en hora a su cita con los alumnos. “Antes usábamos una puerta diferente, que agilizaba bastante el proceso, pero ahora nos obligan a utilizar el detector. Todos nos negamos a hacerlo porque según nuestro acuerdo no podían forzarnos”, señala Ibtisam Al Jundi, directora del colegio.


Al mismo tiempo, la nueva orden del ejército anunciaba que, tanto mujeres embarazadas como personas con problemas cardiacos u otro tipo de complicaciones médicas, tendrían que pasar por los detectores de metales (algo de lo que antes estaban exentos) poniendo así en riesgo su salud de forma rutinaria.
Al Jundi ocupa el cargo de directora desde hace solo dos meses; un periodo corto que, sin embargo, ya le ha servido para apercibir las agresiones y provocaciones que tienen que sufrir los niños cada día para llegar a clase. “Los problemas son diarios. Cuando los colonos ven a los niños por la calle tratan de atacarlos. Les arrojan botellas, piedras… A veces incluso basura. Y lo peor es que estas cosas pasan delante del ejército, que protege los asentamientos”, explica la directora.


La ruptura de forma unilateral del acuerdo fue el detonante que desató una protesta en la que, las profesoras no solo se negaban a someterse a inspección diariamente, sino que además se decidían a manifestarse contra la nueva decisión del ejército, congregándose de esta forma en el lado palestino del Checkpoint. A las nueve de la mañana del mismo día en el que se conocieron estas novedades, los estudiantes de Qurtuba, todos ellos niños y niñas entre 6 y 13 años, se dirigieron hacia el puesto de control portando pancartas y coreando eslóganes que protestaban contra la privación de educación a la que se veían sometidos.


La sentada se mantuvo durante los siguientes días y evolucionó en unas clases improvisadas que las profesoras impartían a sus alumnos a las puertas del Checkpoint en forma de reivindicación pacífica. Las lecciones solo se veían interrumpidas cada cierto tiempo para corear algunas consignas como “Queremos nuestro derecho a la educación”, que decenas de niños cantaban hasta desgañitarse. En el cuarto día de las protestas, soldados del ejército israelí no vacilaron a la hora de disparar granadas de gas lacrimógeno y proyectar “The Scream” contra el grupo de jóvenes estudiantes y profesoras que se encontraban allí reunidos ante la mirada de Mohammed Abutherei, director de Educación de Hebrón, que acudía en representación de la oficina del gobierno, y decenas de periodistas y fotógrafos locales e internacionales. “¿Por qué hacen esto a nuestro estudiantes? Dios quiera que el ejército los vuelva a dejar pasar con normalidad”, se quejaba el director de Educación.


Badia Dwaik, director de la organización “Youth Against Settlements” (“Juventud contra los Asentamientos”) explicaba que la actuación del ejército fue “bárbara y violenta”, más teniendo en cuenta que se trataba de niños que no superaban los trece años de edad y que se manifestaban de forma totalmente pacífica.
“Nueve niños fueron mandados al hospital con heridas. Los soldados los empujaron contra muros de piedra, los pegaban patadas y los golpeaban con las culatas de los rifles. Todo ello para echarles del puesto de control”, narra Dwaik.


Durante los días que duró la protesta, Ibtisam explica que recibió amenazas por parte de Anat Cohen, la jefe de los asentamientos. “Me repitió en varias ocasiones que ocuparían la escuela si ésta seguía vacía. Todo porque los niños estaban con nosotros clamando por sus derechos y expresando su opinión”, continúa la directora.


A pesar de todas las protestas llevadas a cabo, el problema sigue sin resolverse. El Ejército israelí parece estar llevando a cabo una estrategia de desgaste que pasa por dificultar la vida diaria a alumnos y profesoras. Forzándolos de esta forma a quejarse, el ejército tiene la excusa perfecta para imponer medidas más restrictivas e incrementar la violencia contra ellos. Al Jundi explica que “al final tuvimos que cambiar la ruta que hacíamos para que los niños pudiesen seguir yendo a clase.” “Estamos esperando ahora al resultado de las negociaciones entre Israel y la Oficina de Coordinación del Distrito palestina”, apunta con tono desolado.
“Continuaremos con la resistencia”, añade fervientemente Dwaik. “No es normal que nuestro problema siga sin resolverse y simplemente se ignore”, apuntilla para finalizar.


Al Jundi, mucho más dulce y optimista concluye: “Espero que este problema se solucione en un futuro cercano y que nuestros niños puedan llegar hasta el colegio en paz y sin ser molestados.”

lunes, 31 de octubre de 2011

Amanece que no es poco

Son las cuatro y media de la mañana y el check-point de Gillo, a las afueras de Belén, empieza a recibir los primeros rayos de sol. No es un amanecer idílico, aunque en un sentido estrictamente literario, la estampa rezuma dramatismo y emoción. Dentro del angosto túnel que desemboca en la garita donde el soldado israelí de turno hace su trabajo, cientos de palestinos –todos ellos varones de diferentes edades- permanecen agolpados sin apenas dirigirse la palabra. Se agarran a los barrotes de hierro y nos miran con ojos soñolientos cuando les encuadramos con la cámara. Alguno de ellos nos dedica incluso una sonrisa fugaz o un pulgar erguido. Los más cascarrabias se limitan a bajar la mirada de nuevo. Todos ellos llevan congregados allí desde hace varias horas, esperando poder cruzar el puesto de control que les permitirá llegar a Jerusalén donde con un poco de suerte conseguirán trabajar ese día.

Solo 12 kilómetros separan Belén de Jerusalén, pero la media de tiempo que invierte un palestino en realizar el trayecto que conecta las dos ciudades es de 5 horas. A Saleh le encontramos al final de la cola, cabizbajo. No aparenta más de veinte años. Viste una camisa de color granate, remangada a la altura de los codos, con un bolsillo en el pecho medio descosido de donde sobresale una cajetilla de tabaco. Lleva el pelo perfectamente peinado, brillante de gomina. Enrolladas alrededor de la muñeca derecha, lleva las asas de una pequeña bolsa de plástico negra donde transporta la comida. Cuando le preguntamos por el tiempo que lleva esperando allí nos responde que acaba de llegar. Solo lleva media hora y cree que esta vez está haciendo el viaje en vano porque cuando llegue a Jerusalén, ya le habrán asignado su cometido a otro. Vive en el campo de refugiados de Dheishe, al sur de Belén y hace este trayecto cada día. “La mayoría de veces consigo llegar y trabajar, pero hoy me he quedado dormido y creo que cuando llegue no habrá faena para mí”, explica con ojos de desconsuelo.

Como la vasta mayoría de los palestinos que se encuentran reunidos en el corredor del checkpoint 300, Saleh va a trabajar en la recogida de la aceituna para algún terrateniente israelí. “Son 12 horas de trabajo por 200 sheckels (unos 40 euros). El dinero está bien lo que ocurre es que siempre llego agotado a trabajar, después de llevar otras cuatro o cinco horas de camino y unas siete horas despierto”, añade señalando la fila de compañeros que serpentea en dirección al horizonte, donde el sol ya ha cambiado su aspecto de enorme melocotón. Son las 5 de la mañana y la luz del día ya choca de lleno contra el muro.


Para poder trabajar en los campos de olivos israelíes, los palestinos necesitan adquirir un permiso de trabajo que, además de capacitarles para poder faenar como jornaleros, les acredita para poder cruzar el puesto de control a diario. Sin embargo, estar en posesión de este documento no garantiza el puesto de trabajo de forma permanente: lamentablemente los empleos disponibles se ven sobradamente superados por el número de personas deseosas de trabajar. Esto se resume en la ley del más rápido: solo los primeros en llegar tienen derecho a trabajar y, en definitiva, a ganarse la manutención del día.

“No puedo permitirme el no intentar llegar hasta allí. Probablemente cuando llegue no haya trabajo para mi, pero tengo que intentarlo”, sentencia Saleh mientras pega un sorbo al café que acaba de comprarle a un muchacho que recorre la galería del puesto de control con una enorme cafetera árabe.
El chico de la cafetera se llama Amjad y tiene 18 años. Es oriundo de otro campo de refugiados de Belén; del famoso campo de Aida, donde malviven unas 5.000 personas. Amjad explica que tiene otro trabajo por las tardes; como cocinero en un restaurante, pero que le gusta más trabajar en el check-point porque tiene más libertad y puede acompañarse por su hermano pequeño. “Me gusta venir aquí cada mañana. Me gusta hablar con la gente y servirles el café. El único problema es que cuando tengo que empezar a trabajar en el otro sitio estoy muy cansado”, relata Amjad. Le hace una seña a su hermano que está atendiendo a un cliente unos metros más adelante y éste viene raudo con una amplia sonrisa que corona una alfombra de pelusilla prepúber. Tiene 13 años y se llama Mustafa. Cada día acompaña a su hermano hasta el puesto de control para ayudarle a servir los cafés: “Me divierto hablando con la gente”. El dinero que puede ganarse vendiendo cafés oscila entre 150 y 200 sheckels por unas 8 horas de trabajo, más de lo que Amjad gana trabajando 10 horas como cocinero de un restaurante.
Para un palestino éste es un negocio bastante rentable. Por eso a día de hoy ya son decenas las personas que se han decidido a establecer en los alrededores del check-point su pequeño comercio. Yogures, zumos, pastelitos y galletas son los productos que se comercializan en estas tiendas improvisadas que ya desde medianoche empiezan a recibir sus primeros clientes.

Basem acaba de adquirir un café en una de estas tiendas. Lo bebe aprisa, de un solo trago y derramándoselo por las comisuras de los labios. Nos aclara que llega tarde y que no puede pararse a hablar. Tan solo se para unos instantes para chocarnos la mano, presentarse y explicarnos que tiene que estar en Jerusalén en menos de una hora. Le dejamos marchar y le vemos dirigirse hacia el final de la cola con paso atropellado. Se repara al final de ésta y permanece allí durante unos segundos antes de decidirse a salir del túnel para avanzar unos veinte metros desde fuera, por el carril reservado exclusivamente a turistas. Desde dentro alguien le hace una indicación y le vemos encaramarse con ímpetu a los barrotes. Basem ha conseguido avanzar casi un tercio de la cola y se introduce ahora dentro del túnel por un agujero que hay en el techo.

Dentro nadie se queja. Incluso le hacen hueco. Cuando le preguntamos a alguien que ha quedado atrás tras el desmarque de su compatriota, nos explica con gesto sereno que es normal ver estas jugadas a diario. “¿Qué puedes hacer? La gente llega tarde a sus trabajos. No vas a decirles que no pasen”, explica el hombre con gesto de resignación. A su lado, un chico de unos 26 años, ataviado con traje beige y corbata añade que “cuando ves estas cosas no puedes hacer nada. Te podría pasar a ti”. Él, explica, es abogado y tiene que pasar este trámite cada día para llegar hasta su bufete en Jerusalén. Le preguntamos que si es normal asistir a trifulcas por cosas como ésta y responde rotundamente que no.


- ¿De verdad que nunca pasa nada? ¿Nunca se originan peleas por este asunto?- volvemos a insistir.

- Te he dicho que no, que yo no he visto ninguna. Tenemos que ayudarnos entre nosotros. Si no nos echamos una mano los unos a los otros estamos perdidos.

Purificación Salgado / Belén

domingo, 30 de octubre de 2011

Israel amenaza con demoler un proyecto subvencionado por España


Las cuarenta familias que viven en Mneizel, un pueblecito situado a setenta kilómetros del sur de Hebrón, viven desde el pasado 11 de octubre bajo una orden de demolición dictada por la administración civil israelí. Una planta de energía solar, un edificio de baterías adjunto y tres viviendas familiares forman el enclave amenazado con ser destruido en los próximos días.

La plataforma fotovoltaica junto con el edificio de baterías pertenecen a un proyecto que desarrolló la Agencia de Cooperación Española en 2009 y al que se destinó cerca de 300.000 euros para su construcción y desarrollo. El complejo junto con los tres hogares amenazados están situados en zona C lo que significa que el territorio esta bajo control militar y civil israelí. El conflicto surge debido a que ninguno de las construcciones contaba con el permiso de Israel para ser edificados y éste exige ahora su demolición.

El Consulado de España en Jerusalén está al tanto de la situación e informa de que casi la totalidad de los proyectos de desarrollo se realizan en área C debido a que la población palestina de esa zona carece de necesidades tan básicas como agua, electricidad, sanidad o educación.

Carlos, cooperante español y responsable del proyecto en la actualidad que no ha querido publicar su nombre real, nos relata la situación desde el principio: “En agosto de este año recibimos una orden de detención de construcción de un complejo que ya llevaba año y medio construido y funcionando. Lo siguiente que nos encontramos fue un papel escrito parcialmente en árabe y el resto en hebreo que nos informaba de la demolición del complejo en siete días”. Ignacio añade también que nunca se les entregó oficialmente dicha sentencia: “Los soldados nunca dan en mano la orden de demolición, siempre la dejan debajo de una piedra que se la lleva el viento y así los locales no pueden disponer de ese papel. Nosotros tuvimos suerte porque encontramos el fallo entre arena, piedras y cubierto de barro”.

El 18 de octubre era la fecha oficial para el derribo de los complejos denunciados, pero la abogada de la organización de Rabinos por los Derechos Humanos que lleva el caso consiguió aplazar la demolición diez días más y poder reunir todos los documentos y alegaciones necesarias para defender las estructuras ante la administración israelí. Según ha podido averiguar Postales desde Ramala, las familias palestinas tienen todos los títulos de propiedad pertinentes; el llamado Qusam que tiene su origen en el Imperio Otomano y que fue aceptado posteriormente también por los jordanos cuando colonizaron la zona y ha sido validado por la Autoridad Palestina en la actualidad.

El proyecto financiado por la AECI ofrece suministro eléctrico a cerca de 300 personas además de suministar electricidad a un colegio y una clínica. Carlos se muestra firme: “La planta ofrece un soporte esencial a toda la aldea. Las familias está emprendiendo negocios, los niños pueden estudiar por la noche, por primera vez el pueblo cuenta con una clínica en la que dos veces por semana se pueden hacer análisis de ultrasonido entre muchos otros beneficios”.

Según el estudio desarrollado por SEBA, organización no gubernamental que ha dirigido el proyecto, la población de Mneizel ha mejorado gracias a la plataforma fotovoltaica notablemente. A día de hoy, todas las casas poseen luz, radio y lavadora. Casi el 90 por ciento de los hogares tiene televisión y un 70 por ciento posee neveras donde conservar mejor los alimentos. Además del soporte eléctrico básico, el complejo ha mejorado los usos productivos de la aldea, como la mecanización en la producción de lácteos que se hacían a mano antes. también ha permitido que los niños puedan estudiar a partir de las seis de la tarde -a esa hora ya no hay luz solar en la zona- y por primera vez en la historia de Mneizel dos niñas han pasado a secundaria y una ha accedido a la universidad.

Carlos es positivo con la resolución final y se respalda en procesos anteriores “Existe un caso en el que se consiguió congelar el proceso de demolición de un colegio situado en área C que ofrece soporte a niños beduinos y está hecho con adobe, amparándose en el Derecho Internacional Humanitario que recoge la prohibición al poder ocupante de llevar a cabo cualquier tipo de destrucción de propiedades que ofrezcan servicios básicos; siempre y cuando no ponga en riesgo a la población ocupante”. Y añade: “ Un colegio construido por adobe o una plantación fotovoltaica no pone, ni pondrá, ni ha puesto nunca en riesgo a la población ocupante”.

El próximo 27 de octubre es la fecha límite para entregar todas las alegaciones pertinentes y a partir de ahí la administración civil israelí tomará una decisión. Carlos es tajante ante la situación actual: “Si no ganamos esta batalla sera una gran pérdida y servirá de ejemplo a Israel para futuras demoliciones”.

Purificación Salgado & Raquel Rivas / Ramala 

sábado, 29 de octubre de 2011

El mundo árabe bajo los ojos de directoras palestinas


Es el único festival de cine en todo el mundo árabe producido exclusivamente por mujeres, pero esto ya no supone ninguna novedad. Con esta nueva edición, el Festival de Cine de Mujeres Shashat de Palestina cumple siete años de vida; casi una década de existencia durante la cual se ha luchado por promover el debate acerca del papel de la mujer en Oriente Medio. “I am a woman from Palestine” (“Soy una mujer de Palestina”) es un proyecto que nació en el año 2005 de la mano de la Unión Europea y que, rápidamente y sin apenas trabas, encontró su hueco en el espacio cultural palestino gracias a la colaboración de la ONG local Shashat.

Alia Arasoughly, directora general de Shashat, es la encargada de capitanear este proyecto. Explica que la supervivencia año tras año de este evento significa mucho dentro del desarrollo de Palestina. Para ella la intersección entre cultura y desarrollo constituye un elemento de vital importancia ya que “la cultura conforma la identidad personal y las personas son la fuerza motriz para el desarrollo”. “Este proyecto es un esfuerzo más dentro de nuestra intervención cultural”, añade antes de concluir.

Desde el 24 de septiembre, trece ciudades palestinas en cooperación con ocho universidades y diez organizaciones, acogen las proyecciones de las diferentes piezas realizadas por cuatro directoras palestinas: cuatro jóvenes henchidas de talento y arrojo, que no vacilaron un instante cuando se les propuso participar en este proyecto. Dara Khader es una de las directoras que colabora en el evento. Es originaria de Yenín y, aunque solo tiene 21 años, su visión de la coyuntura palestina denota juicio y sensibilidad. Aunque los estudios que llevó a cabo distan mucho del mundo del cine (se licenció en Ingeniería Civil), siempre sintió inquietud por el séptimo arte y su poder para hacer llegar mensajes a la humanidad: “Empecé a hacer películas cuando estaba en el colegio, y desde mi primer año de universidad quise involucrarme más y comencé a participar en festivales”.

“It’s a tough life” (“Es una vida dura”) es su aportación en forma de cortometraje al festival. Narra la historia de una joven recién graduada que tiene que luchar contra la frustración de verse obligada a subsistir a base de trabajos precarios. Khader explica abiertamente que siempre ha estado interesada en contar cómo funciona la sociedad palestina: “En realidad hay ciertos temas que no me atrevo a tratar por respeto a la gente de aquí y su forma de pensar. Supongo que podrán tratarse algún día, pero ahora no es el momento”, aclara con gesto amargo. Cuando le sugirieron participar en el festival aceptó sin titubeos a pesar de que se encontraba en el último año de carrera y proyectos y exámenes le desbordaban: “Aquí en Palestina no tenemos muchas oportunidades, así que no podía desaprovechar ésta”.

Exponer los problemas a los que las mujeres palestinas se enfrentan, someterlos a discusión y acabar con algunos prejuicios y convencionalismos son algunos de los objetivos principales del festival. Dara comenta que esfuerzos como estos suponen grandes avances dentro del mundo árabe y que hay que dotarlos de la mayor difusión prosible: “La mujer en Palestina sigue aplastada por ciertas tradiciones que no permiten que se crea en su aportación a la sociedad. Claramente hay que poner fin a algunas reglas”.

Laila Abbas es otra de las directoras que quisieron aportar su visión del asunto participando en el festival. Tiene 32 años y aunque es oriunda de Nablús, lleva desde los 12 viviendo en Ramala. Su pieza “5 cups and a cup” (“5 tazas y una taza”) muestra a un grupo de mujeres feministas palestinas que quieren entrevistarse con el presidente Mahmoud Abbas para hacerle llegar algunas propuestas que pretenden cambiar ciertas leyes. En una atmósfera colmada de humo, café y comentarios sarcásticos, Laila expone su crítica a las leyes palestinas de estatus personal.

Abbas, sin embargo, es de la opinión de que se están consiguiendo grandes cambios en la sociedad palestina, muchos de los cuales afectan a la mujer: “Las mujeres aquí han cambiado mucho durante los últimos cien años. Si me comparo a mí misma con mi abuela, que era analfabeta y se casó a los 14 años, puedo decir con total seguridad que hemos avanzado. Yo estoy haciendo mi segundo máster en Londres, tengo 32 años y nadie me está presionando para que me case”.

En cuanto al tema que concierne a las leyes, Laila no tiene la misma sensación de progreso. “Si nos comparamos con otros países, obviamente podemos apreciar que tenemos un largo camino por recorrer, pero por eso yo elijo hablar en mi película sobre leyes: para que la gente sepa cómo funcionan y cómo les afectan en su vida”. Añade que gracias a la proyección de estas películas se están propiciando debates interesantes que cree agitarán conciencias. “Especialmente en las universidades se están originando muchas discusiones acerca de este asunto. Muchas mujeres no saben cómo las leyes afectan a su vida. Yo puedo vivir mi vida ignorando las leyes, pero si tengo que enfrentarme a un problema como el divorcio o la pensión alimenticia me daré cuenta de que las leyes son muy injustas para mí”, explica con gesto indignado.

Laila aclara que ella siente una gran admiración por la mujer palestina, “porque es una mujer fuerte y luchadora”, pero que esto no excluye el hecho de que “las mujeres en nuestro país deberían empezar a moverse sin demora para alcanzar su estatus completo de ser humano y ciudadana”. “No es necesario esperar a que llegue un problema para empezar a quejarnos de las leyes que tenemos”, declara con gran exaltación Laila. “Vamos a informarnos ahora y a actuar ahora”, dice para concluir.

“Acrid and honey” (“Amargura y miel”) de Lana Hijazi y “The fig and the olive” (“El higo y la oliva”) de Georgina Asfour son las otras dos obras que hasta el día 15 de diciembre podrán visionarse en centros culturales de 13 ciudades palestinas: espacios donde todos aquellos que quieran zambullirse en el debate y la reflexión acerca del estatus de la mujer palestina en la actualidad, tendrán la oportunidad de hacerlo gracias a “I am woman from Palestine”, un festival que lleva siete años luchando por los derechos de la mujer, y que promete seguir haciéndolo durante muchos más.


Purificación Salgado & Raquel Rivas / Ramala 

miércoles, 19 de octubre de 2011

Ramala recibe a la primera tanda de presos palestinos

Cientos de palestinos se congregaron en la sede del gobierno de la Autoridad Palestina para recibir a la primera tanda de presos liberados tras el acuerdo Hamas-Netanyahu. 477 palestinos fueron liberados en la mañana del martes tras la confirmación oficial de que el soldado israelí, Giladt Sahdit, capturado por Hamas desde 2006 se encontraba en manos israelíes.

La Al-Muqata se llenó de júbilo a través de cánticos que festejaban el momento. Numerosas familias y amigos  bailaban al son de la música y ondeaban incansablemente enormes banderas nacionales mientras esperaban la llegada de sus seres más queridos. 

Fueron recibidos a hombros como héroes nacionales entre llantos, lágrimas y abrazos mientras el presidente de la Autoridad Palestina, Abu Mazen, pronunciaba el discurso oficial de bienvenida en el que calificó el día de momento histórico. Discurso que fue imposible finalizar debido a que los excarcelados no pudieron resistirse a ir a abrazar a sus familiares.

Del monto total de liberados, cuarenta serán deportados a Qatar, Siria, Turquía y Jordania. Once de ellos, entre los que se encuentra una mujer, han llegado en la madrugada de hoy a Ankara según informa Aljazeera.

P.S y R.R / Ramala